¡Quiero mis juguetes!
Al borde de los 40, y con todo esto de los Reyes, me acordé de aquellos juguetes que tanto tiempo me hicieron perder ganar, esos que fueron desapareciendo de mi vida misteriosamente, y a los que a veces añoro como a los antiguos amigos que nunca volví a ver. Echo de menos las tardes que pasé jugando al bate-bate(creo que aquí se llamaba algo así como las bolas locas), que era una cuerda con una bola de plástico a cada extremo, y la diversión consistía en golpear una contra otra hasta que te quitabas un ojo o tus padres se volvían locos con el ruido. También estaba el spirograph que me fascinaba porque, a pesar de mi nulo talento artístico, salían unos dibujos muy chulos y futuristas (en aquella época teníamos una idea un poco naif de lo que iba a ser el futuro). Y un pinball, no eléctrico, ni siquiera mecánico, sino que los mandos se accionaban por medio de unas ruedecitas,y que una vez hubo que esconder pues los obreros que hacian unos arreglos en la casa se pasaban el dia jugando en lugar de trabajar. Y el juego de química que dejó imborrables recuerdos y manchas en ropa y muebles. O el yo-yo Russell con la propaganda de Fanta o Coca-Cola. Y el juego de bolsillo Geyper,al que había que darle cuerda y tú ibas esquivando unos coches; era una especie de antepasado de la Game Boy. Ya mayorcita (en realidad, estaba ya en la facultad) me compré uno de aquellos primeros juegos electrónicos, esos que tenían dos botoncitos y había que esquivar peligros: tanto lo usamos mi compañeras de piso y yo que le gastamos el circuito del mando.
Hoy me encuentro rodeada de consolas, ordenadores, todo tipo de diversión electrónica, pero la niña que hay en mí sigue buscando aquellos estúpidos y entrañables juguetes.
Hoy me encuentro rodeada de consolas, ordenadores, todo tipo de diversión electrónica, pero la niña que hay en mí sigue buscando aquellos estúpidos y entrañables juguetes.
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